Que no se entere Freud

Blanca, desnuda, se ve muerta en el espejo.

Su piel morena desmiente el nombre que eligieron para ella, pero a veces, por las noches, al ponerse el camisón, se ve terriblemente pálida y siente frío en todo el cuerpo, aunque sea verano y haya tenido que abrir la ventana de su cuarto para aliviar el bochorno. Luego se acaricia lentamente, como si tratara de quitarse una pena antigua, y cuando al fin entra en calor se mete en la cama pero no consigue dormirse, acuciada por el miedo.

En algunas ocasiones tarda más de lo corriente en alejar el frío, como si el soplo gélido que la recorre procediera de dentro de ella, y se le ocurre que es un presentimiento de que si se queda dormida ya nunca volverá a despertase. Entonces respira hondo, y se acerca las manos a la boca para convencerse de que su aliento sigue cálido, y se acurruca entre las sábanas como un niño que acaba de escuchar una historia de lobos. Esas noches las pasa en vela, imaginando que las vecinas revuelven en su armario en busca de algo decoroso que ponerle. A veces también ella participa en el debate y se decide por el vestido verde oscuro, con los zapatos de tacón, pero todo el mundo protesta, porque es una indecencia que una muerta lleve tacones. Luego se ve en el comedor del piso de abajo, en un ataúd oscuro, y escucha mentalmente los comentarios de todo el pueblo, que ha acudido al velatorio lamentando la muerte de una chica tan joven. Los oye hablar de su madre, y de la nevada que cayó el día de su entierro, y de lo mucho que sufrió su abuela, y de su tía Benigna, y de todas las cosas de las que ha oído siempre hablar en los velatorios. A veces se duerme cuando la están llevando a la iglesia, y otras durante la misa, cuando el párroco repite con voz cansada y entre toses asmáticas el mismo sermón de siempre.

Pero hay noches en que el miedo persiste y se ve llevada a hombros hasta los afilados cipreses del cementerio, y allí desciende a la tumba como el que entra en su casa, y escucha luego la tierra golpeando su ataúd, y las voces que se alejan dejándola tan sola como en aquel poema de Bécquer que leían en la escuela. Nunca ha pasado de ahí, y teme con toda su alma a la noche, alguna infinita noche de invierno, en que el alba se retrase para dar tiempo a imaginar lo que sigue.

Luego, por la mañana, cuando la despierta a voces su padre urgiéndola a llevarle el desayuno, Blanca trata de olvidar los devaneos nocturnos, pero regresa a la realidad cotidiana con jirones de esos sueños prendidos aún en la memoria, y sus pasos son más torpes, y su mirada más rápida, como si temiese la emboscada de una de esas pesadillas detrás de cualquier esquina.

Quizás por eso, a Blanca no le gustan los muertos ni nada que le recuerde los escenarios macabros de su extraña obsesión, y sin poder evitarlo, tuerce el gesto imaginando espeluznantes secretos de profanación nocturna cuando pasa junto a ella Rafa el enterrador.

Blanca rechaza con fuerza esas ideas, pero no consigue librarse de ellas. Cuando se sorprende pensando en algo tan repugnante como lo que su mente compone, se siente avergonzada de permitirse semejantes fantasías y hasta se sonroja un poco.

No sospecha realmente de él ni cree que fuera capaz de algo tan horrible. No lo tiene por mal hombre, pero a veces, más de las que quisiera, lo imagina desnudando lentamente un cadáver sobre una lápida blanca. Siempre se lo representa de ese modo: junto al cuerpo pálido y desnudo de una muchacha inmóvil, una joven fría y seria que al final abre los ojos. Una vez soñó con él y creyó ver que la muerta le sonreía a pesar de todo, pero cuando se despertó se sintió espantada por el recuerdo de aquel sueño y, durante muchos días, no se atrevió a cruzarse con él por la calle.

Rafa siempre le sonríe, a veces solamente con los ojos, o con un gesto casi imperceptible de las cejas, pero a Blanca le producen escalofríos esos saludos, como si se sintiese emplazada a una cita a la que no podrá dejar de acudir. Rafa le sonríe a todo el mundo, como el comerciante a sus clientes. Es un buen hombre. Es amable. Pero a ella le desagrada el aplomo con el que vuelve silbando del cementerio.

Blanca prefiere al campanero. Aunque deba su oficio a la pierna renca que lo imposibilita para trabajos de esfuerzo. Aunque los días de lluvia no pueda salir de casa por los dolores que le produce la fractura mal curada de su pierna. Aunque a veces la mire sin verla y se cruce con ella sin apartar la mirada del vacío en el que mantiene a buen recaudo sus ensoñaciones.

No hay más mozos en el pueblo y Blanca no puede marcharse a la ciudad o al extranjero, como hicieron otras. Los dos la pretenden y más pronto que tarde tendrá que elegir. O eso, o esperar a que muera su padre, postrado en cama, y marcharse luego sin haberse decidido por ninguno de los dos.
Once años lleva ya en cama su padre. Y otros veinte aguantará aunque sólo sea por seguir mandando. Antes no entendía su cerrazón, pero luego, cuando llegó la hora de hacer testamento y el viejo se negó, lo comprendió todo: el que no tiene nada que esperar debe reservarse algo para dar, aunque sea la sorpresa de un buen gesto.

Las tierras siguen siendo suyas y lo serán hasta el fin. No es que sea avaricioso: sólo es humano. No quiere que los vivos se desentiendan del todo de sus decisiones.

Lo mismo le pasa a Blanca. Cuando elija al enterrador o al campanero perderá todo interés a los ojos de su pueblo. Cuando elija a uno o a otro se habrá deshecho el misterio. Y con él se habrá deshecho también parte de ella, o de las razones por las que a veces la visitan las vecinas, tratando de saber algo nuevo con que entretener a las otras. Cuando decida será una más y ya no la tendrán en cuenta. Por eso espera, aunque prefiere a Baudilio, con su cojera.

Baudilio es un buen hombre. Sube peldaño a peldaño las abruptas escaleras de la torre y acaricia las campanas antes de empezar a golpearlas con el badajo. Las acaricia como si les pidiera perdón y luego, tras el ronco son de la santa María o el claro cantar de la san Juan, evade su mente a otros mundos, descubiertos y explorados en los libros del cura: Samaria, con sus mujeres que ofrecen agua y sus comerciantes que recogen a los heridos y los curan a sus expensas; el lago Tiberíades, donde Jesús camina sobre las aguas y hasta los peces le obedecen para acudir a las redes; Jericó, con sus murallas capaces de resistir cualquier asedio menos el de las trompetas de los hebreos; Cafarnaúm, el mar Rojo con sus aguas divididas, el Egipto de los faraones, Ur de Caldea o incluso el vientre de una ballena. Así de lejos vuela Baudilio en alas de sus campanas, hasta sentirse un habitante más de esos mundos llenos de prodigios, de ruedas en el cielo, carros de fuego, soles que se detienen y muertos que resucitan para ridiculizar a Rafael, su rival y su enemigo.

Las campanas se oyen desde el cementerio.

A veces Rafael levanta la cabeza y mira de reojo al campanario, entre triste y resignado. Sabe que ha perdido y que perderá siempre, haga lo que haga, porque él es la verdad y la verdad no importa a nadie. La verdad es el propio pueblo, lleno de casas caídas, y las tumbas que él ha cavado, y las que aún cavará para que en pocos meses se llenen de hierbas por falta de quien vaya a limpiarlas de maleza. La verdad está en la pala y la escribe a recios golpes sobre el suelo el gran profeta Azadón. Oyó decir una vez que el ángel exterminador se llama Abbaddon, pero es mentira, o una mala pronunciación: se llama Azadón, y él lo sabe de sobra.

Pero no importa. La verdad no le importa a nadie. La verdad se burla desde los tejados deshechos y se ceba en ese censo menguante que va limando sin pausa el vigor, la memoria y hasta el letrero oxidado que aún sostiene sobre la carretera el cansado nombre del pueblo. La verdad es que los que quedan se siguen considerando el centro del universo, pero él y Baudilio quieren casarse con Blanca porque no hay ninguna moza más en el pueblo. La verdad es que él se hizo enterrador porque no había otro en la cofradía para tirar de la pala. Se hizo enterrador de hombres porque en la capital no se han atrevido aún a convocar plaza de enterrador de pueblos y comarcas, que es lo que en realidad haría falta.
Por eso Rafael sabe que no puede vencer: desde que el mundo es mundo, los hombres siguen y admiran al que toca las campanas y hace ruido. Desde que el mundo es mundo, los cojos se encaraman a las torres para mirar desde arriba a los demás. Y mientras tanto, los que labran la tierra sufren y aguantan, y alimentan con su trigo a los pájaros que divierten a los poetas y los soñadores.

El mundo está lleno de campaneros. Y la campana es enemiga de la azada.

Rafael sabe que perderá porque no tiene siquiera un mal recuerdo que lavar y eso no se lo perdonará Blanca. Ni Blanca ni nadie. ¿Qué es un hombre sin una desgracia que ofrecer? Sin alguien a quien redimir, hasta Jesucristo sería un don nadie.

Rafael lo sabe.

Baudilio lo sabe y hace doblar a gloria las campanas, anticipando el esplendor de su momento. Porque también leyó en el libro del cura que no sólo de pan vive el hombre, y sabe que su adversario es todo hogaza, sin siquiera una pizca de vino para embriagar por un momento los sentidos y marcharse con la imaginación a donde no llegan los pies.

Baudilio se queda en el pueblo porque no tiene a dónde ir.

Rafael podría marcharse pero no lo hace por no quedarse sin un lugar al que volver.

Cada cual sabe lo suyo.

Blanca prefiere esperar. A veces sueña con Rafael tocando las campanas desde la torre y se despierta sudando. Sueña con sus brazos fortalecidos por el trabajo. Sueña con su torso sudoroso y su piel morena, curtida por el sol. Pero lo sueña en el campanario.

Así son las locuras de los sueños, absurdas pero inocentes. Más inocentes sin duda que esas otras ensoñaciones de las noches en que teme no volverse a despertar y se imagina yaciendo en el fondo de una tumba, oyendo pasos en la graba, acuciada por el vértigo de la espera a que alguien la saque y la desnude sobre la lápida de mármol.

Blanca no lo sabe, pero el vértigo es eso: no el miedo a la caída, sino el miedo al deseo de caer.

Ella lo ignora. Sus sueños, no.

Lo que hay que saber

Ya lo decía el viejo Quohelet, aquel agorero que se regodeaba en recordar que todos los ríos van al mar pero el mar nunca se llena. Ya lo decía Quohelet: donde hay mucho conocimiento hay mucho dolor. Donde hay mucha ciencia, hay mucho sufrimiento.
Y donde no, también. Eso olvidó añadir.

Dicen que la ignorancia nos iguala a los animales, y que volver la espalda a la realidad nos convierte en esclavos, porque esclavo es el que no es dueño de su vida sino que pertenece a un amo que piensa y decide por él. Dicen que no hay nada peor que ir a la cárcel sin conocer el plazo, o esperar la ejecución sin saber a ciencia cierta en qué fecha vendrá el verdugo a convertir un corredor en laberinto.

Puede ser.

Pero dicen también que sólo lo inesperado puede contener algún mensaje, porque lo sabido es mudo. Y dicen que de toda prisión se puede escapar mejor que de la cárcel de uno mismo. Y dicen que a los cíclopes se les dio a conocer la fecha de su muerte y por eso perdieron toda alegría. Y un ojo.
¿Es mejor saber o no saber?

Es mejor saber lo que hay que saber.

Esa es la respuesta. La única buena.

Saber, por ejemplo, que nuestro hijo tiene dos años, que está cada día más guapo y que ya dice algunas palabras. Saber que de pronto empieza a comer peor que de costumbre y que parece que se ha puesto enfermo. Eso es saber algo importante.

Saber que después de recorrer centros y hospitales, de hacer análisis y más análisis, de ponerle todas las vacunas contra los virus infantiles de guardería, y de probar todos los remedios modernos y caseros de que nos han hablado, sigue enfermo.

Saber que hay que alegrarse cuando el pediatra decide al fin examinarlo a fondo, porque parece que no es una de esas enfermedades sin importancia que contraen los niños. Deberías irritarte porque no lo hubiera hecho antes. Deberías agarrarlo por las solapas de la bata y decirle cuatro palabras, después de las semanas que has pasado, pero te alegras porque sabes cómo es el mundo y sabes que tienes que alegrarte. Lo sabes y te alegras de que lo hayan examinado ahora en lugar del mes que viene.
Saber llorar cuando te dice el médico que el niño tiene una cardiopatía congénita. Te lo explican con media docena de tecnicismos que no entiendes, y hasta te muestran unos cuantos dibujos que no te dicen nada, porque eres incapaz de imaginar a tu hijo como algo más que su carita sonriente. Pero es igual. Sabes que es grave. Sabes que puede ser incluso muy grave y palideces como si la piel fuese alérgica ala sangre.

Saber llorar y saber tener esperanza. Porque hay esperanza y hay que saber creer en ella, aunque sea escasa. Aprender a creer en algo: eso sí que es tarea difícil. Pero lo necesitas a toda costa y aprendes. Y al final sabes creer en esa esperanza. Y crees con la furia de los conversos, con el fervor de los alcanzados por el rayo.

Saber que no responde al tratamiento. Que la enfermedad es grave, que el médico tuerce el gesto cuando revisa la analítica y la radióloga mira a otro lado cuando buscas su mirada, que el niño se seguirá apagando hasta encontrarlo frío un día en la cuna. Hay que saber eso.

Saberlo de veras es asumirlo. Tener conocimiento de una cosa no es saberla. Hay que saberla por dentro, no por fuera. Saber es interiorizar, poner dentro lo que está fuera. Pero poner dentro algo así es como tragarse una granada de mano después de quitarle la anilla. Y sonriendo, además, porque no quieres que el niño te note nada. Te tragas la granada y dices “mira qué rica la golosina que se ha comido papá”.
Y finalmente lo sabes. Te ha costado, pero al fin lo sabes. Juegas con él sabiendo que cada día puede ser el último, y te desesperas imaginando un ataúd blanco. Y lo abrazas más de la cuenta, como si lo quisieras más porque se vaya a morir que si estuviera sano. Sabes que es una tontería, pero lo sigues abrazando. ¿Desde cuando los abrazos saben lógica?, ¿desde cuando tienen miedo a surgir de tonterías?

Y te dicen que existe aún una esperanza.

Y entonces cambias el saber por el esperar. Si saber ya era difícil, esperar es tarea de héroes.

Porque se trata de esperar. Esperar que muera algún niño de su edad. De otro mal cualquiera. En un accidente de tráfico. En un accidente doméstico. De uno de esos tumores infantiles que se disgregan y subdividen a dos veces la velocidad de la luz. Lo que sea. Da igual.

Y te conviertes en un buitre esperando que se muera el hijo de otro y te quiera ceder un corazón. Y sabes que lo deseas. Te lo niegas. Pero sabes que es así.

Lo deseas.

Entonces es cuando sabes demasiado y quisieras ser un ignorante.

Tratas de no pensar en ello y el deseo de apartarlo de tu mente te hace tenerlo presente a todas horas.
Pero pasa el tiempo y el corazón no llega. Maldices entre dientes y entre lágrimas. Maldices en voz baja porque no te atreves a quejarte de que no se muera otro niño. A falta de mejor remedio se te ocurrió rezar y te sentiste un blasfemo. Ya ni a rezar te atreves: Dios no es para ti, porque pides un mal; el diablo no es para ti, porque lo pides para un bien. Mejor dejarlo.

Y entonces un día te enteras de que quizá no sea preciso esperar. Alguien te informa de un par de cosas que no deberías saber y te pones al corriente. Quisieras no saberlo, pero preguntas, y haces unas cuantas llamadas. No quieres saberlo pero crece la avidez de conocimiento.
Y sabes al fin que en algún lugar de Centroamérica te venden un corazón. Te horroriza pensar que se puedan vender esas cosas. Te parece espantoso mientras preguntas el precio aunque no lo quieres saber. Te dicen cuanto costaría con absoluta frialdad. Y lo puedes pagar.

Y sabes que los corazones de niños de dos años no crecen en los árboles como las manzanas. Ni son bulbos como las cebollas. Ni tubérculos como las patatas. Los corazones de niños de dos años crecen en niños de dos años, por supuesto, pero esa es una evidencia a la que no eres capaz de llegar. Lo intentas pero no puedes. No consigues saberlo.

Prefieres ser ignorante. Y creer que lo sacarán de la tierra con una azada. Llegas a creerlo. Lo crees de veras, con toda el alma. A veces incluso lo imaginas: un corazón palpitante saliendo de la tierra y un campesino moreno que te lo ofrece con una sonrisa reluciente.

Y compras el billete de avión convencido de que así es: saldrá de la tierra y lo sacarán con una azada. No puede ser de otro modo. Es impensable que sea de otro modo. No sería lógico.

Y pagas.

Y le hacen el trasplante a tu hijo en una clínica privada, aparentemente imposible en un sitio así. Una clínica moderna y reluciente con médicos de peinado impecable y enfermeras sonrientes. No puede existir tal cosa en semejante sitio, pero sí que es posible. Y sabes por qué es posible. Y prefieres no saberlo, pero pagas, y lo sabes.

Y estás un mes allí, casi dos. Y no miras a la gente. Y te dices que el menor de doce hermanos ha salvado del hambre a los otros once, pocos segundos antes de que se lo llevase el tifus. Un minuto antes de que lo atropellara un autobús. Justo cuando iba a destrozarlo un meteorito. Cualquier cosa te vale. Te vale lo que sea.

Y te dices que has hecho un bien. Y sabes que te lo has hecho. No cabe duda de que es un bien.

Y tu hijo te sonríe cuando vuelves a casa. Y con el ronroneo de los motores del avión se queda dormido. No puedes apartar los ojos de él mientras duerme.

Y sabes que has hecho lo que tenías que hacer.

Tu hijo está contigo y te sonríe: sabes lo que tienes que saber. Y te gustaría no saber más.

Sólo falta encontrar a quien te venda la ignorancia.

Sólo eso.

El revólver de Gauss. La probabilidad como arma asesina

Un hombre sentado en un banco bajo la lluvia mira su reloj y espera. Tiene unos cincuenta años y va vestido de oscuro, con un traje a la vez anticuado y flamante.

De cuando en cuando alza la vista hacia una ventana iluminada en el edificio de enfrente. Es un edificio antiguo, de tres plantas, habitado seguramente por dos o tres ancianos que extenúan un alquiler rancio, uno de esos alquileres que disuaden al propietario de las mejoras y al inquilino de la mudanzas. Es un edificio demasiado elegante para la zona de la ciudad que ocupa, para el tugurio cervecero que se ha instalado en los bajos, para el ruido del tráfico que soporta. Es un residuo de otra ciudad más pequeña y sosegada, engullida por el hormigón y los cristales de la modernidad.

Son las siete y cuarto de la tarde y nuestro hombre aguarda desde hace veinte minutos bajo la lluvia, que ni crece para chaparrón ni acaba de escampar del todo. Pensó primero resguardarse en un bar, pero el agua le da igual. No quiere ver a nadie y en los bares hay que cumplir con el ritual cívico del saludo, las cuatro palabras al camarero y el continuo parloteo de los demás. El que diseñó al ser humano tuvo una gran idea al ponerle párpados para poder cerrar los ojos, pero se olvidó de un dispositivo similar para los oídos. Nuestro hombre no quiere ver ni oír a nadie: por eso no se ha refugiado en un café ni en ninguna parte. Por eso sigue bajo la lluvia. El agua es lo de menos.

De hecho, sólo gracias a la lluvia ha conseguido mantener la tranquilidad, no tirarse de los pelos o darse de cabezazos contra una farola. Para él la lluvia es un sedante que limpia por igual el sudor de la frente y los desasosiegos del alma. La lluvia es la única clase de ducha capaz de alcanzar los más resguardados rincones del ánimo. Le gustaría que de una maldita vez se pusiera a llover a cántaros, para que encogiera aquel traje que había pasado veinte años en un ropero sin salir más que media docena de contadas ocasiones. Le gustaría que lloviera meses y años seguidos, sin parar, como en aquella novela de García Márquez en la que todos se llamaban igual y la gente ascendía a los cielos sin necesidad de morirse. Ojalá lloviese como en Macondo; sí, así se llamaba el pueblo de la novela, y los personajes eran todos Auerlianos, Úrsulas y Amarantas, porque todos era en el mismo. Igual que en la vida real: todos somos el mismo, con diferencias que nos parecen sustanciales porque no somos capaces de alejarnos lo bastante. Muchos años después, frente el pelotón de fusilamiento, el profesor Leandro Martínez había de recordar aquella tarde en que se puso a pensar estupideces bajo la lluvia porque no se atrevía a pensar en potra cosa. Ese era él, y seguro que ni para pelotón de fusilamiento daba su vida como no llegase el día que fusilasen a los aburridos.
El profesor vuelve a mirar el reloj y ensaya una mueca irónica, dirigida más a sí mismo que a la luz de la ventana. Se levanta un instante y llama al portero automático. No responde nadie y vuelve al banco con una sonrisa, la primera del día, la primera de mucho tiempo, pensando que no es mala cosa tentar de vez en cuando a lo imposible. Es perfectamente cabal creer en los imposible: lo que es de loco es creer en lo improbable.

Pasan los minutos, lentamente, bombardeando con su goteo cada enclave de la memoria, incluso los más inaccesibles, como el barro de los charcos que pisaba en la infancia o el acné juvenil del rostro de Consuelo. Son tan livianos esos retazos que se van igual que vienen, sin ancla que los fije ni huella que los delate. Después de mirar de nuevo el reloj y comprobar que la aguja no ha avanzado más que un par de minutos, el profesor se ha quedado mirando a una monda de pistacho en el suelo, contando el número de gotas que la alcanzan. Esa monda de pistacho, en medio de un campo de futbol, tendría una probabilidad ínfima de recibir una gota de lluvia si sólo cayera una gota, pero dejad que llueva media hora y veréis como la probabilidad aumenta hasta convertirse en casi absoluta certeza. Cada gota tiene la misma ínfima probabilidad de caer sobre el pistacho, pero la sucesión de gotas convierte un suceso cercano a lo imposible en un suceso casi seguro. Eso es lo que ocurre cuando el caso discreto se convierte en continuo, lo mismo que en el famoso problema de la moneda que se lanza al aire mil veces: cada vez que se lanza tiene las mismas posibilidades de caer del lado de la cara como del de la cruz, y sin embargo, si han salido trescientas caras seguidas, la función de distribución indica que se debe apostar sin dudarlo a que la siguiente será cruz. Se ha equivocado ya doscientas noventa y nueve veces, pero la función insiste. Insiste porque sabe que tiene razón y que, al final, se saldrá con la suya si la moneda se lanza suficiente número de veces.

Eso es lo que enseña a sus alumnos. Y eso, también, es lo que ha pasado con su vida. Eso mismo. Al final, la suerte y la probabilidad es sólo cuestión del ritmo al que se repiten los sucesos. Nada más. Un suceso imposible se convierte en probable cuando la repetición de ensayos es lo bastante abultada. Pero luego hay algo más que no explica en clase pero que lleva algún tiempo rondándole la cabeza: en los ensayos fracasados, en las gotas que no caen sobre la monda de pistacho, habría que diferenciar las que fallan por un milímetro de las que fallan por un metro, o por dos kilómetros. Algo hay, aunque no lo describa ninguna fórmula, que diferencia al soldado que se libró de la muerte por un milímetro del que solamente oyó pasar las balas a cinco metros. Es posible que el que tuvo la bala más cerca tenga menos posibilidades de ser alcanzado por la siguiente que el que ni siquiera la oyó cerca; igual que con las monedas: una cara necesita de una cruz para dejar la función igualada; una disparo cerca necesita de uno lejano para que el sistema se mantenga.

Nuestro hombre vuelve a sonreír: ni en un día así puede dejar de ser profesor de estadística.
Lo malo es que uno nunca puede dejar de ser lo que es. Puede fingirlo, como mucho, o aparejarse una careta, pero las metamorfosis auténticas son más improbables.

De pronto empezó a llover un poco más fuerte, pero el hombre ni se dio cuenta: estaba demasiado ocupado contando los impactos sobre la monda de pistacho. Tenía que concentrar en esa tarea toda su atención para que su mente no se desviase hacia donde no debía. Tenía que seguir ese hilo como si le fuese la vida en ello.

Estadística y probabilidad. ¿Puede ser la probabilidad una forma de matar? o, al contrario, si no hay más arma que esa, ¿se trata sólo de un accidente? Podría ser. ¿Qué ocurre si se le da a alguien un medicamento, un medicamento totalmente inofensivo, y el paciente resulta ser alérgico?, ¿qué pasaría si un médico loco se dedicara a administrar ese medicamento inofensivo a todos los pacientes de un hospital a sabiendas de que, por término medio, un cero coma dos por ciento de los pacientes son alérgicos? Sería el crimen perfecto.

Eso fue. Un crimen perfecto. Eso mismo: una maldita casualidad criminal en la que nadie podía haber pensado.

El hombre da una patada a la monda de pistacho y la ve colarse por la única rendija despejada de una alcantarilla próxima. Otro hecho improbable, y sin embargo cierto.

Pasan otros cinco minutos. La lluvia arrecia. El hombre saca un pañuelo del bolsillo de la americana y se seca la cara con gesto fatigado, como si acabara de realizar un gran esfuerzo y fuera sudor en vez de lluvia lo que estuviera enjugándose.

De entre el barullo del tráfico emerge una furgoneta blanca y el hombre se levanta para hacerle señas con los brazos.

Es el cerrajero, que por fin aparece. Mucho servicio veinticuatro horas y mucho asegurar que están siempre disponibles, para luego tardar tres cuartos de hora cuando se los llama un domingo.
Los demás inquilinos del inmueble, ancianos todos, están pasando las vacaciones con los hijos, así que no hay nadie en el edificio. La cerradura del portal logra resistir dos minutos justos a la pericia del operario. La de la puerta de la vivienda aguanta un poco más, pero no mucho: sólo es el pestillo lo que hay que vencer porque el pasador no está corrido.

Nuestro hombre paga al cerrajero, se quita el abrigo y lo deja en la percha. Acto seguido recoge el llavero en el gancho del recibidor y se lo mete en el bolsillo, echando por primera vez de menos a Consuelo en aquella casa vacía.

Ella era la que estaba siempre en casa y ella la que llevaba las llaves cuando salían juntos. ¿Cómo no iba a olvidarse él de las llaves la tarde de su entierro?

 

Javier Pérez

El espectro de la rosa

Las princesas de los sueños de los demás
se paseaban por los claustros de mi alma
F. Pessoa

Lo más fácil hubiese sido entregar las llaves a la empresa de mudanzas y esperar en Barcelona a que llegasen los muebles que había elegido para quedarme. Lo más fácil hubiese sido limitarse a trasladar lo poco que valía la pena y dejar que la empresa de limpiezas decidiera a qué basurero llevar el resto.
Todo es más fácil que la sensatez.
Al final, aunque sabía que no podía llevarme conmigo los recuerdos de la tía Laura, ni su ropa almidonada, ni sus libros, no quería desprenderme de ellos sin un vistazo siquiera. Los pisos de hoy en día tienen que ser pequeños, pero su estrechez no ha de trasladarse obligatoriamente a los recuerdos que pueden acumularse en la gente que los habita. Precisamente por pequeños, los pisos actuales inducen a tener buena memoria, porque no es posible ya atesorar aquellos cachivaches que antes se arrumbaban en desvanes y rincones, imposibles de interpretar para quien no conociera exactamente su procedencia, o la razón sentimental por la que en su día no fueron directamente a parar al vertedero.

No podía llevarme los papeles, ni las lámparas, ni siquiera más de una docena de aquellos tapetes de ganchillo a los que la tía Laura había dedicado los últimos años de su vida. Pero podía, sentía que era mi deber, intentar comprender a aquella mujer hosca y malcarada que me había resuelto la hipoteca.
En cierto modo me había sorprendido que me designara en su testamento como heredero universal. Era más fácil pensar de ella que dejaría sus cosas y su dinero a alguna asociación filantrópica o a algún convento de monjas. Pero no: “dejo todos mis vienes a mi sobrino Eduardo. Si algo queda por arreglar, que él lo arregle, si quiere”. Así, sin más. Sin menos. Una casa en el pueblo, un par de viñas, cinco quiñones sueltos y noventa y dos mil euros.

Ni una palabra amable de toda su vida, ni siquiera por escrito y en el testamento. Pero me arreglaba la vida. Me daba un empujón justo cuando más lo necesitaba. Así era la tía Laura.

Las dos o tres veces que traté de entablar conversación con ella recibí sólo frases cortantes y respuestas vagas. No lo intenté más y eso era culpa mía: nadie que se tenga una mínima estima entrega su vida al primero que pasa. La tía Laura no se había abierto nunca a nadie: ni los más allegados conocían su más detalles de su vida que los que conocía todo el barrio. Solterona empedernida, devota sin misticismo, poco visitadora y menos amiga aún de ser visitada, rápida en la susceptibilidad e implacable con las pequeñas travesuras de los niños. Sin embargo, a pesar de su conocida tacañería, o precisamente por ella, le debía ahora la resolución de unos cuantos problemas económicos. El testamento era escueto: “Ahí te queda todo. Haz lo que quieras con ello. No mando que me digas misas, ni espero que me pongas flores. Haz lo que te dé la gana.”

Una última voluntad redactada en esos términos inducía a un hombre como yo a preguntarse si no hubiese valido la pena sentarse alguna vez más frente a ella y buscar algún pretexto para entablar una conversación que fuese más allá del tiempo, la salud y las pequeñas reparaciones de la casa. La tía Laura no daba facilidades, cierto, pero hubiese sido mi deber intentarlo. Un psicólogo es también psicólogo para eso. Pero los psicólogos somos los peores en estos casos: estamos acostumbrados a hablar con gente ansiosa por contar sus angustias y no tenemos ni idea de cómo enfrentarnos a un silencio obstinado.
A causa de aquel pequeño remordimiento había ido a la vieja casa familiar en lugar de esperar tranquilamente en Barcelona. Le debía un último intento de comprenderla, una pequeña investigación de su vida que la redimiese ante mis ojos con algo más que una buen cantidad de dinero. Aquella tarde, en su casa, me sentía como el policía que busca a toda costa una prueba para incriminar a otro, porque el único detenido que tiene es un pobre padre de familia, enfermo y cargado de deudas, y preferiría pensar que hay otro culpable, desconocido aún.

La tía Laura no había sido nunca amable, ni simpática, ni cariñosa conmigo, pero aunque sólo fuese por gratitud sentía la necesidad de absolverla. Por esa comezón dediqué la tarde a hurgar entre los papeles y las cosas de la tía Laura tratando de saber algo más de ella, intentando adivinar qué pasaba por su mente cuando sus ojos grises miraban la aguja sin verla. Estaba convencido de que el carácter hosco de la tía provenía con toda seguridad de algún tipo de desengaño, de algún resentimiento oculto. Su rostro siempre contraído parecía más que otra cosa una cicatriz moral, porque así son las cicatrices, que cobran diversas formas: en quien las asume se llaman experiencia; en quien no, sólo rencor y misantropía.
Como si me dispusiera a abrir un codicilo de su última voluntad, desaté las cintas que rodeaban la carpeta donde la tía Laura guardaba la correspondencia y fui echando un vistazo a la cartas de todas las épocas que allí se amontonaban.

Al caer la noche, aún no había terminado, pero había llegado ya al convencimiento de que aquellas cartas no eran más que pequeñas crónicas chismosas, intercambios de maledicencias, invitaciones y buenos deseos: escombros de fingimientos sociales, sobre todo.

En toda la carpeta no había nada personal. Ni una mínima coquetería, ni rastro de un beso traicionado en aquellas letras. Ni tampoco en las fotografías. Sólo parientes y alguna amiga. Nada más.
La tía Laura parecía no haber tenido más vida que la pública, más ocupación que sus clases de piano ni más entretenimiento que el café con pastas, la partida de cartas con otras solteronas como ella, y centenares de variaciones, permutaciones, combinaciones de todos los diseños posibles de tapetes de ganchillo.

Dispuesto ya a marcharme y apagar por última vez la luz de aquella casa, decidí elegir media docena de libros para que no todos pasaran a los estantes de la librerías de saldo.
Cogí una vieja edición de la Iliada, otra de los Viajes de Gulliver, Madame Bovary, Rojo y Negro y la Regenta. En este último libro, un tomo importante encuadernado en piel, noté que algo abultaba, y lo abrí.

Era una rosa, una rosa blanca absolutamente seca, prensada hacía décadas. Era la primera nota de ternura que encontraba en aquella casa rancia y polvorienta. Con manos torpes trate de cogerla y se me cayó al suelo, deshaciendose completamente.

En la página que le había servido de sepulcro había varias líneas subrayadas a lápiz, junto a las palabras “demasiado tarde”, escritas al margen con la inconfundible caligrafía redonda de la tía Laura.

Este era el párrafo subrayado:

“Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro”

Cuando acabé de leer aquello me agaché con un suspiro a recoger los fragmentos de la rosa para devolverlos al libro, y comprobé que sus pétalos estaban atravesados por largas marcas, como si alguien hubiera clavado las uñas a la rosa antes de dejarla en el libro.

Unas frases subrayadas en un clásico y aquellas cicatrices en un flor olvidada me hicieron comprender que al fin y al cabo era probable que sí hubiese una historia. No había ya manera de saber la causa por la que la tía Laura había clavado su uñas en aquella carne blanca, pero el espectro de la rosa había vuelto de otro tiempo a ofrecer un crispado testimonio de su dolor.

Tarde y cuando no servía ya de nada.

Como todos los fantasmas.

 

Javier Pérez

 

Caridad

Cuando se ha vivido casi treinta años en la misma casa, poco hay más desolador que una mudanza, y no sólo por las paredes que quedan desnudas, como acusaciones de abandono de un espacio que reclamamos un día y reclama ahora a su vez nuestra protección, o por las pequeñas huellas de nuestra vida, y hasta los viejos olores, tan familiares, vencidos poco a poco, infatigablemente, por el eco y la humedad.
Lo peor de todo es desprenderse de todos esos pequeños objetos que hemos querido olvidar por falta de valor para arrojarlos a la basura: los billetes de avión de nuestros mejores viajes, un mechón de cabello de una antigua novia, nuestras primeras botas de fútbol o una desportillada amalgama de tebeos estropajosos que nosotros nunca volveremos a mirar y nuestros hijos esquivan con repugnancia. Decía Chesterton que tres mudanzas equivalen a un incendio, pero yo creo que las mudanzas son mucho peores, porque el incendio se lleva lo que quiere, mientras que cuando te vas de una casa eres tú el que debe acopiar firmeza para desprenderte voluntariamente de todas esas cosas.

En ese indeseable Juicio Final de los recuerdos que constituye toda mudanza, a veces florece también alguna satisfacción en forma de agenda con el teléfono de alguien con quien habíamos perdido contacto, o un fajo de fotos de los tiempos en que no regalaban álbumes con los revelados ni se guardaban cinco mil imágenes en un círculo de plástico.

En mi caso ni ese consuelo tuve, porque las viejas agendas estaban llenas de nombres emigrados, de amigos muertos en accidentes estúpidos o de malentendidos incomprensibles, arrumbados para siempre en el limbo de las extrañezas. Las fotos eran sólo una versión más viva y dolorosa de lo mismo. Sólo una de ellas me hizo sonreír, pero tan poca cosa bastó para redimir aquella tarde aciaga de patético emperador romano decidiendo con el pulgar sobre la vida o muerte de los objetos que habían lidiado en el circo de mi vida.

Se trataba de una foto en blanco y negro, de cuando yo tenía doce o trece años y jugaba en el equipo del fútbol del colegio. Acababa de marcar un gol y me abrazaba Felipe, el capitán del equipo. Eso es lo que tienen las fotos cuando se separan de las personas a las que representan: que se prestan a mentir mejor que mil palabras. Por eso siempre me digo que esas instantáneas antiguas en las que aparecen familias enteras endomingadas mirando a la cámara con los ojos muy abiertos pueden haberse sacado diez minutos antes de una separación definitiva, o puede ser que uno de los niños que aparecen en ella sea en realidad el hijo del fotógrafo que sustituye para el libro de familia a un niño enfermo, o incluso a uno inexistente.

Las fotos no cuentan historias: somos nosotros los que las contamos, y cuando ya no estamos para hacerlo es mejor que las fotografías ardan o desaparezcan, no sea que surja el desaprensivo que invente sobre nosotros lo que nunca imaginamos. O peor aún, lo que no imaginaron los demás y nunca quisimos que se supiera.

En esta que encontré, como decía, aparecía vestido de futbolista y abrazado con Felipe. Si alguien la hubiese encontrado después de morir yo, de viejo o en el naufragio de un submarino, por ejemplo, hubiese pensado que había marcado un gol y que Felipe y yo éramos amigos.
Pues no. Y como no me he muerto, lo cuento.

Felipe era un perfecto hijo de puta que se burlaba de todos con bromas crueles y aprovechaba su corpulencia para repartir patadas y manotazos a cualquiera que discutiese su autoridad. Normalmente me consideraba una de sus víctimas favoritas, pero en aquel momento estaba contento porque yo acababa de meter un gol y me abrazaba.

Más adelante, pocos meses después, tuve un encuentro serio con él por una broma que se pasó de la raya y de aquello resultó la nariz torcida que he lucido toda mi vida. Con Felipe no quedaba más remedio que aguantar las humillaciones o aguantar los golpes: la elección era sencilla. Recuerdo que cuando acabé el instituto para ir a la universidad, lo primero que pensé fue que no tendría que volver a verle, y me alegré más por eso que por la reválida recién aprobada.

Por suerte, así fue. Yo me marché a estudiar fuera y él empezó a trabajar mientras preparaba unas oposiciones que no exigían más titulación que el bachillerato. Ceo que quería ser policía, guardia civil o algo así, y todos los que lo conocíamos nos aterrorizábamos pensando lo que podía ser encontrárselo un día vestido de uniforme y con un arma al cinto. Un compañero común me dijo tiempo después que se había enfadado mucho porque le habían suspendido en la prueba psicotécnica y a mí me hizo gracia el asunto: era normal que a un energúmeno como aquel le encontrasen alguna pieza desquiciada si lo miraban un poco de cerca.

En diez o doce años no volví a saber nada más de él. La memoria tiene la virtud de borrar las heridas, los dolores y los miserables.

Luego supe que se metió en líos, no sé bien si de drogas, proxenetismo o de otro tipo, pero el caso es que hirió de gravedad a un hombre y pasó una temporada en la cárcel. No fue mucho tiempo, seis o siete meses, creo, pero cuando salió de prisión ya no era el mismo. Allí seguramente había aprendido que no era único, y que su viejo procedimiento para hacer vida social podía costar muy caro según con quien se tratara. Lo aprendió tarde, pero estoy seguro de que lo aprendió.

Después de salir de prisión tuvo dos o tres trabajos, todos en la construcción, pero como bebía más de la cuenta no tardaban en despedirlo. De ahí a quedarse en la calle mediaron solo unos cuantos años, los justos para que sus malos negocios y un par de traiciones de antiguos compinches le demostraran que estaba ya demasiado viejo para aquella clase de trapicheos.

Hace tres o cuatro años lo vi aquí en Madrid, en el metro de Tirso de Molina, tratando de protegerse de la lluvia y encendiendo una colilla. Lo llamé por su nombre y le estreché la mano, pero creo que no me reconoció.

Ahora, cada vez que paso por su lado le doy diez euros. ¿Por compasión?, ¿porque me apiado de él? Debería decir que sí, pero el caso es que se los doy para que no se le pase por la cabeza salir de su abandono y tratar de empezar una nueva vida en otro lado. Se los doy para clavarlo a su esquina, para que esté allí hasta que reviente.

A veces creo que los demás que le dan una monedas también lo conocen y piensan lo mismo que yo.
En cuanto a la foto, pensé romperla, pero al final preferí tirarla por la ventana para que la calle acabase con ella a su manera.

Simbolismos o vudús de cada cual.

 

Javier Pérez

La amenaza de Darwin (La guerra y la selección natural)

I

En un maltrecho rincón de un yermo sin censo, tres docenas de casuchas se apretujaban entre sí tratando de vencer el miedo a la inmensidad de la estepa. En uno de esos chamizos, malvivía un hombre extenuado por el hambre, el trabajo, y la falta de esperanza.

Su mal era el mal aquella tierra toda: demasiados años, demasiada soledad, demasiada desmemoria.
Sacudida por los elementos, la llanura había depuesto hasta el último de sus promontorios en la vana esperanza de que fuese aceptada su rendición, pero no existía el perdón en aquellas fieras regiones: innumerables hordas de vientos apátridas batían el cuarteado rostro de la estepa, dejando a su paso apenas piedras descarnadas y un horizonte sin lindes. En lo más crudo del invierno, la tierra se anegaba por efecto de la rasputitsa, ese extraño fenómeno de la inundación sin lluvia que se produce cuando se ha deshelado el curso del río, pero no su desembocadura, más al Norte; sólo en ese tiempo era posible creer que el río terminaba en alguna parte, que corría hacia algún mar, que no era un flujo circular de agua que vuelve una y otra vez, siempre la misma, con las mismas ramas secas flotando sobre sus ondas.
Así era la llanura: un tajo entre cielo y tierra. Sólo a veces algún árbol mellaba el filo del horizonte alzando sus sarmentosas ramas al cielo, como un extraño ídolo eternizado en la postura de clamar compasión, o venganza, mientras su tronco se enjoyaba con la perenne escarcha azulada del otoño.

En las casas, diminutas isbas de una sola dependencia, los más afortunados convivían con sus animales. El implacable frío exterior obligaba a unirse a los moradores en un desmembrado abrazo de odio mientras vigilaban el estertor de la turba o lo que buenamente hubieran podido conseguir para alimentar el fuego, un fuego casi siempre tan hambriento como ellos, igual de tembloroso, no menos aluzado que la convulsa piel que escondía sus huesos.

Pero el viejo vivía solo, en una soledad desmesurada, sin alivio siquiera en la memoria. Si alguna vez tuvo esposa, o hijos, o tan siquiera una cabra, ya no podía recordarlo; cuando al fin se atrevía a soplar el candil apestoso que animaba las sombras, el único calor que alentaba en la casa era el suyo.
Entonces, al sumergirse el anciano campesino en la inconsciencia del sueño, renacía la vivienda toda en un callado, incesante, furtivo crepitar de carcomas hambrientas, arañas voraces, cucarachas siniestramente obesas, flotantes mariposas y polillas espectrales. Como en una sepultura, el final de la vida marcaba el comienzo de innumerables existencias, infinitas historias fugaces que en nada modificarían el ebrio deambular del mundo: justo igual que las de los hombres.

Cada especie reclamaba su espacio y mediante una u otra destreza se imponía en su especialidad, pero de entre todos los merodeadores nocturnos, entre todos los animalillos que competían por aquel tristísimo hábitat, las chinches eran sin duda las reinas de la casa: poco después de la medianoche, en legiones incontables, abandonaban sus nidos en las grietas de las paredes y la reseca paja del techo para dirigirse a la cama del viejo, en busca de su flaca sangre. Y ante su impresionante desfile se posaban las polillas en los rescoldos del fuego, detenían su zapa las carcomas y hasta dejaban por un momento de tejer sus telas las arañas, orgullosas del imperio de los suyos.

Todo lo que hizo aquel hombre por exterminarlas resultó baldío. De nada sirvió que limpiara la casa hasta los cimientos, ni los sahumerios con distintas hierbas, cada cual más pestilente, que sus vecinos le recomendaron. Lo intentó con orines de burro, con vinagre caliente, con azufre molido, y en el colmo de la desesperación, hasta con agua bendita, pero ningún remedio parecía suficiente para acabar con aquella plaga infernal.

Cada vez que emprendía una de aquellas campañas contra las chinches conseguía que sus ataques disminuyeran algo durante un tiempo, pero aquellos malditos insectos se hacían enseguida resistentes a cada nuevo veneno y enseguida redoblaban sus asaltos, envalentonadas por el triunfo de su capacidad de adaptación sobre el orgulloso ingenio humano.

Tentado estaba el pobre viejo de pegar fuego a la casa cuando se le ocurrió una idea que a su juicio podría ser de utilidad: introducir las patas de su cama en cuatro barreños de agua: así, cuando las chinches trataran de alcanzar el lecho, caerían irremisiblemente en ellos y morirían ahogadas, víctimas de su propia avidez.

La primera noche que puso en práctica el método, el hombre también fue atacado mientras dormía. El sistema no era perfecto, pues la inmensa abundancia de aquellas alimañas hacía que las últimas pasaran sobre los cadáveres flotantes de las primeras y llegaran a su objetivo, pero al menos así tenía por las mañanas la satisfacción de contar los cadáveres de las chinches ahogadas. El viejo pensó que aquel remedio sería temporal, como todos los anteriores, pero como se entretenía contando las chinches muertas, siguió poniendo cada noche los cuatro barreños, y a la larga el sistema dio resultado: las chinches, en lugar de volver con renovada fuerza y efectivos engrosados, acabaron por esfumarse.

El viejo no tardó en contar a sus vecinos el éxito de su idea. A la vista de los buenos resultados, el método de los cuatro barreños se impuso inmediatamente en todo el pueblo, y al cabo de diez años no quedaba una sola de las chinches. Habían desaparecido por completo.

La única lastima fue que el viejo campesino no viviera lo suficiente para contemplar la consumación de su triunfo, pero su nombre fue recordado con gratitud por todos. Siempre se creyó, acaso por la influencia del párroco, que aprovechó el asunto para ilustrar otras cuestiones morales, que la codicia era el peor de los venenos, y que lo que no pudieron hacer los humos, el vinagre y los orines, lo había hecho la propia codicia de las chinches. Se decía que los venenos que vienen de fuera fortalecen, pero los que nacen del propio sera terminan por aniquilar al que los sufre, y que por eso es más fácil de curar un balzo que un tumor.

Sin embargo, con el paso de los años, tan edificante explicación dejó paso a otra que trajo el primer aldeano que había salido del pueblo para estudiar en la ciudad:

Cuando se usaban los venenos, el humo, o cualquiera de las malolientes hierbas que tan populares fueran en otros tiempos, las primeras chinches en morir eran las más débiles, las enfermas o las menos adaptadas, y así aparecían y subsistían siempre nuevas familias más resistentes que las anteriores, pues sólo se reproducían las que habían logrado resistir el veneno. Pero cuando se generalizó el uso del agua, la situación dio un vuelco tan importante como inapreciable a simple vista: las primeras en llegar, y por tanto en morir, eran las chinches mejor adaptadas, las más rápidas, las que mejor habían desarrollado la habilidad de buscar cuerpos calientes en medio de la oscuridad. Morían, en suma, en primer lugar, las que en condiciones normales hubieran estado destinadas a triunfar y reproducirse; Las últimas en llegar podían pasar sobre los cadáveres de sus congéneres. De este modo, sobrevivían las chinches incapaces de encontrar alimento con la rapidez necesaria, las enfermas, las lisiadas y las que tenían sus nidos en los lugares menos convenientes. Esas eran, pues, las que a la postre se reproducían.
Luego, cualquier veneno, cualquier enfermedad o cualquier depredador hizo el resto.

II
En aquellos mismos años, sin dar tiempo al estudiante a concluir sus estudios, comenzó una gran guerra. Se trataba de la mayor guerra que hubieran conocido los siglos hasta ese momento, y las unidades de alistamiento recorrieron el país en busca de soldados con que nutrir los descomunales ejércitos que serían necesarios para hacer frente al enemigo.
Al principio, además de reclutar a todos los hombres jóvenes, sanos y fuertes, los oficiales de reclutamiento se los llevaban a todos, preocupados por el empuje del enemigo; pero con el tiempo las autoridades cayeron en la cuenta de que no era rentable el esfuerzo material necesario para instruir a los más débiles, viejos o afectados de ciertas dolencias, y los devolvieron a casa. Sólo los mejores servían para las armas.
El estudiante que explicó la solución contra las chinches habló de ello con sus compañeros y fue fusilado por sedición.
Murieron muchos hombres en aquella guerra.
Y luego hubo otra.
Y después otra…

Javier Pérez