Que no se entere Freud

Blanca, desnuda, se ve muerta en el espejo.

Su piel morena desmiente el nombre que eligieron para ella, pero a veces, por las noches, al ponerse el camisón, se ve terriblemente pálida y siente frío en todo el cuerpo, aunque sea verano y haya tenido que abrir la ventana de su cuarto para aliviar el bochorno. Luego se acaricia lentamente, como si tratara de quitarse una pena antigua, y cuando al fin entra en calor se mete en la cama pero no consigue dormirse, acuciada por el miedo.

En algunas ocasiones tarda más de lo corriente en alejar el frío, como si el soplo gélido que la recorre procediera de dentro de ella, y se le ocurre que es un presentimiento de que si se queda dormida ya nunca volverá a despertase. Entonces respira hondo, y se acerca las manos a la boca para convencerse de que su aliento sigue cálido, y se acurruca entre las sábanas como un niño que acaba de escuchar una historia de lobos. Esas noches las pasa en vela, imaginando que las vecinas revuelven en su armario en busca de algo decoroso que ponerle. A veces también ella participa en el debate y se decide por el vestido verde oscuro, con los zapatos de tacón, pero todo el mundo protesta, porque es una indecencia que una muerta lleve tacones. Luego se ve en el comedor del piso de abajo, en un ataúd oscuro, y escucha mentalmente los comentarios de todo el pueblo, que ha acudido al velatorio lamentando la muerte de una chica tan joven. Los oye hablar de su madre, y de la nevada que cayó el día de su entierro, y de lo mucho que sufrió su abuela, y de su tía Benigna, y de todas las cosas de las que ha oído siempre hablar en los velatorios. A veces se duerme cuando la están llevando a la iglesia, y otras durante la misa, cuando el párroco repite con voz cansada y entre toses asmáticas el mismo sermón de siempre.

Pero hay noches en que el miedo persiste y se ve llevada a hombros hasta los afilados cipreses del cementerio, y allí desciende a la tumba como el que entra en su casa, y escucha luego la tierra golpeando su ataúd, y las voces que se alejan dejándola tan sola como en aquel poema de Bécquer que leían en la escuela. Nunca ha pasado de ahí, y teme con toda su alma a la noche, alguna infinita noche de invierno, en que el alba se retrase para dar tiempo a imaginar lo que sigue.

Luego, por la mañana, cuando la despierta a voces su padre urgiéndola a llevarle el desayuno, Blanca trata de olvidar los devaneos nocturnos, pero regresa a la realidad cotidiana con jirones de esos sueños prendidos aún en la memoria, y sus pasos son más torpes, y su mirada más rápida, como si temiese la emboscada de una de esas pesadillas detrás de cualquier esquina.

Quizás por eso, a Blanca no le gustan los muertos ni nada que le recuerde los escenarios macabros de su extraña obsesión, y sin poder evitarlo, tuerce el gesto imaginando espeluznantes secretos de profanación nocturna cuando pasa junto a ella Rafa el enterrador.

Blanca rechaza con fuerza esas ideas, pero no consigue librarse de ellas. Cuando se sorprende pensando en algo tan repugnante como lo que su mente compone, se siente avergonzada de permitirse semejantes fantasías y hasta se sonroja un poco.

No sospecha realmente de él ni cree que fuera capaz de algo tan horrible. No lo tiene por mal hombre, pero a veces, más de las que quisiera, lo imagina desnudando lentamente un cadáver sobre una lápida blanca. Siempre se lo representa de ese modo: junto al cuerpo pálido y desnudo de una muchacha inmóvil, una joven fría y seria que al final abre los ojos. Una vez soñó con él y creyó ver que la muerta le sonreía a pesar de todo, pero cuando se despertó se sintió espantada por el recuerdo de aquel sueño y, durante muchos días, no se atrevió a cruzarse con él por la calle.

Rafa siempre le sonríe, a veces solamente con los ojos, o con un gesto casi imperceptible de las cejas, pero a Blanca le producen escalofríos esos saludos, como si se sintiese emplazada a una cita a la que no podrá dejar de acudir. Rafa le sonríe a todo el mundo, como el comerciante a sus clientes. Es un buen hombre. Es amable. Pero a ella le desagrada el aplomo con el que vuelve silbando del cementerio.

Blanca prefiere al campanero. Aunque deba su oficio a la pierna renca que lo imposibilita para trabajos de esfuerzo. Aunque los días de lluvia no pueda salir de casa por los dolores que le produce la fractura mal curada de su pierna. Aunque a veces la mire sin verla y se cruce con ella sin apartar la mirada del vacío en el que mantiene a buen recaudo sus ensoñaciones.

No hay más mozos en el pueblo y Blanca no puede marcharse a la ciudad o al extranjero, como hicieron otras. Los dos la pretenden y más pronto que tarde tendrá que elegir. O eso, o esperar a que muera su padre, postrado en cama, y marcharse luego sin haberse decidido por ninguno de los dos.
Once años lleva ya en cama su padre. Y otros veinte aguantará aunque sólo sea por seguir mandando. Antes no entendía su cerrazón, pero luego, cuando llegó la hora de hacer testamento y el viejo se negó, lo comprendió todo: el que no tiene nada que esperar debe reservarse algo para dar, aunque sea la sorpresa de un buen gesto.

Las tierras siguen siendo suyas y lo serán hasta el fin. No es que sea avaricioso: sólo es humano. No quiere que los vivos se desentiendan del todo de sus decisiones.

Lo mismo le pasa a Blanca. Cuando elija al enterrador o al campanero perderá todo interés a los ojos de su pueblo. Cuando elija a uno o a otro se habrá deshecho el misterio. Y con él se habrá deshecho también parte de ella, o de las razones por las que a veces la visitan las vecinas, tratando de saber algo nuevo con que entretener a las otras. Cuando decida será una más y ya no la tendrán en cuenta. Por eso espera, aunque prefiere a Baudilio, con su cojera.

Baudilio es un buen hombre. Sube peldaño a peldaño las abruptas escaleras de la torre y acaricia las campanas antes de empezar a golpearlas con el badajo. Las acaricia como si les pidiera perdón y luego, tras el ronco son de la santa María o el claro cantar de la san Juan, evade su mente a otros mundos, descubiertos y explorados en los libros del cura: Samaria, con sus mujeres que ofrecen agua y sus comerciantes que recogen a los heridos y los curan a sus expensas; el lago Tiberíades, donde Jesús camina sobre las aguas y hasta los peces le obedecen para acudir a las redes; Jericó, con sus murallas capaces de resistir cualquier asedio menos el de las trompetas de los hebreos; Cafarnaúm, el mar Rojo con sus aguas divididas, el Egipto de los faraones, Ur de Caldea o incluso el vientre de una ballena. Así de lejos vuela Baudilio en alas de sus campanas, hasta sentirse un habitante más de esos mundos llenos de prodigios, de ruedas en el cielo, carros de fuego, soles que se detienen y muertos que resucitan para ridiculizar a Rafael, su rival y su enemigo.

Las campanas se oyen desde el cementerio.

A veces Rafael levanta la cabeza y mira de reojo al campanario, entre triste y resignado. Sabe que ha perdido y que perderá siempre, haga lo que haga, porque él es la verdad y la verdad no importa a nadie. La verdad es el propio pueblo, lleno de casas caídas, y las tumbas que él ha cavado, y las que aún cavará para que en pocos meses se llenen de hierbas por falta de quien vaya a limpiarlas de maleza. La verdad está en la pala y la escribe a recios golpes sobre el suelo el gran profeta Azadón. Oyó decir una vez que el ángel exterminador se llama Abbaddon, pero es mentira, o una mala pronunciación: se llama Azadón, y él lo sabe de sobra.

Pero no importa. La verdad no le importa a nadie. La verdad se burla desde los tejados deshechos y se ceba en ese censo menguante que va limando sin pausa el vigor, la memoria y hasta el letrero oxidado que aún sostiene sobre la carretera el cansado nombre del pueblo. La verdad es que los que quedan se siguen considerando el centro del universo, pero él y Baudilio quieren casarse con Blanca porque no hay ninguna moza más en el pueblo. La verdad es que él se hizo enterrador porque no había otro en la cofradía para tirar de la pala. Se hizo enterrador de hombres porque en la capital no se han atrevido aún a convocar plaza de enterrador de pueblos y comarcas, que es lo que en realidad haría falta.
Por eso Rafael sabe que no puede vencer: desde que el mundo es mundo, los hombres siguen y admiran al que toca las campanas y hace ruido. Desde que el mundo es mundo, los cojos se encaraman a las torres para mirar desde arriba a los demás. Y mientras tanto, los que labran la tierra sufren y aguantan, y alimentan con su trigo a los pájaros que divierten a los poetas y los soñadores.

El mundo está lleno de campaneros. Y la campana es enemiga de la azada.

Rafael sabe que perderá porque no tiene siquiera un mal recuerdo que lavar y eso no se lo perdonará Blanca. Ni Blanca ni nadie. ¿Qué es un hombre sin una desgracia que ofrecer? Sin alguien a quien redimir, hasta Jesucristo sería un don nadie.

Rafael lo sabe.

Baudilio lo sabe y hace doblar a gloria las campanas, anticipando el esplendor de su momento. Porque también leyó en el libro del cura que no sólo de pan vive el hombre, y sabe que su adversario es todo hogaza, sin siquiera una pizca de vino para embriagar por un momento los sentidos y marcharse con la imaginación a donde no llegan los pies.

Baudilio se queda en el pueblo porque no tiene a dónde ir.

Rafael podría marcharse pero no lo hace por no quedarse sin un lugar al que volver.

Cada cual sabe lo suyo.

Blanca prefiere esperar. A veces sueña con Rafael tocando las campanas desde la torre y se despierta sudando. Sueña con sus brazos fortalecidos por el trabajo. Sueña con su torso sudoroso y su piel morena, curtida por el sol. Pero lo sueña en el campanario.

Así son las locuras de los sueños, absurdas pero inocentes. Más inocentes sin duda que esas otras ensoñaciones de las noches en que teme no volverse a despertar y se imagina yaciendo en el fondo de una tumba, oyendo pasos en la graba, acuciada por el vértigo de la espera a que alguien la saque y la desnude sobre la lápida de mármol.

Blanca no lo sabe, pero el vértigo es eso: no el miedo a la caída, sino el miedo al deseo de caer.

Ella lo ignora. Sus sueños, no.

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