El espectro de la rosa

Las princesas de los sueños de los demás
se paseaban por los claustros de mi alma
F. Pessoa

Lo más fácil hubiese sido entregar las llaves a la empresa de mudanzas y esperar en Barcelona a que llegasen los muebles que había elegido para quedarme. Lo más fácil hubiese sido limitarse a trasladar lo poco que valía la pena y dejar que la empresa de limpiezas decidiera a qué basurero llevar el resto.
Todo es más fácil que la sensatez.
Al final, aunque sabía que no podía llevarme conmigo los recuerdos de la tía Laura, ni su ropa almidonada, ni sus libros, no quería desprenderme de ellos sin un vistazo siquiera. Los pisos de hoy en día tienen que ser pequeños, pero su estrechez no ha de trasladarse obligatoriamente a los recuerdos que pueden acumularse en la gente que los habita. Precisamente por pequeños, los pisos actuales inducen a tener buena memoria, porque no es posible ya atesorar aquellos cachivaches que antes se arrumbaban en desvanes y rincones, imposibles de interpretar para quien no conociera exactamente su procedencia, o la razón sentimental por la que en su día no fueron directamente a parar al vertedero.

No podía llevarme los papeles, ni las lámparas, ni siquiera más de una docena de aquellos tapetes de ganchillo a los que la tía Laura había dedicado los últimos años de su vida. Pero podía, sentía que era mi deber, intentar comprender a aquella mujer hosca y malcarada que me había resuelto la hipoteca.
En cierto modo me había sorprendido que me designara en su testamento como heredero universal. Era más fácil pensar de ella que dejaría sus cosas y su dinero a alguna asociación filantrópica o a algún convento de monjas. Pero no: “dejo todos mis vienes a mi sobrino Eduardo. Si algo queda por arreglar, que él lo arregle, si quiere”. Así, sin más. Sin menos. Una casa en el pueblo, un par de viñas, cinco quiñones sueltos y noventa y dos mil euros.

Ni una palabra amable de toda su vida, ni siquiera por escrito y en el testamento. Pero me arreglaba la vida. Me daba un empujón justo cuando más lo necesitaba. Así era la tía Laura.

Las dos o tres veces que traté de entablar conversación con ella recibí sólo frases cortantes y respuestas vagas. No lo intenté más y eso era culpa mía: nadie que se tenga una mínima estima entrega su vida al primero que pasa. La tía Laura no se había abierto nunca a nadie: ni los más allegados conocían su más detalles de su vida que los que conocía todo el barrio. Solterona empedernida, devota sin misticismo, poco visitadora y menos amiga aún de ser visitada, rápida en la susceptibilidad e implacable con las pequeñas travesuras de los niños. Sin embargo, a pesar de su conocida tacañería, o precisamente por ella, le debía ahora la resolución de unos cuantos problemas económicos. El testamento era escueto: “Ahí te queda todo. Haz lo que quieras con ello. No mando que me digas misas, ni espero que me pongas flores. Haz lo que te dé la gana.”

Una última voluntad redactada en esos términos inducía a un hombre como yo a preguntarse si no hubiese valido la pena sentarse alguna vez más frente a ella y buscar algún pretexto para entablar una conversación que fuese más allá del tiempo, la salud y las pequeñas reparaciones de la casa. La tía Laura no daba facilidades, cierto, pero hubiese sido mi deber intentarlo. Un psicólogo es también psicólogo para eso. Pero los psicólogos somos los peores en estos casos: estamos acostumbrados a hablar con gente ansiosa por contar sus angustias y no tenemos ni idea de cómo enfrentarnos a un silencio obstinado.
A causa de aquel pequeño remordimiento había ido a la vieja casa familiar en lugar de esperar tranquilamente en Barcelona. Le debía un último intento de comprenderla, una pequeña investigación de su vida que la redimiese ante mis ojos con algo más que una buen cantidad de dinero. Aquella tarde, en su casa, me sentía como el policía que busca a toda costa una prueba para incriminar a otro, porque el único detenido que tiene es un pobre padre de familia, enfermo y cargado de deudas, y preferiría pensar que hay otro culpable, desconocido aún.

La tía Laura no había sido nunca amable, ni simpática, ni cariñosa conmigo, pero aunque sólo fuese por gratitud sentía la necesidad de absolverla. Por esa comezón dediqué la tarde a hurgar entre los papeles y las cosas de la tía Laura tratando de saber algo más de ella, intentando adivinar qué pasaba por su mente cuando sus ojos grises miraban la aguja sin verla. Estaba convencido de que el carácter hosco de la tía provenía con toda seguridad de algún tipo de desengaño, de algún resentimiento oculto. Su rostro siempre contraído parecía más que otra cosa una cicatriz moral, porque así son las cicatrices, que cobran diversas formas: en quien las asume se llaman experiencia; en quien no, sólo rencor y misantropía.
Como si me dispusiera a abrir un codicilo de su última voluntad, desaté las cintas que rodeaban la carpeta donde la tía Laura guardaba la correspondencia y fui echando un vistazo a la cartas de todas las épocas que allí se amontonaban.

Al caer la noche, aún no había terminado, pero había llegado ya al convencimiento de que aquellas cartas no eran más que pequeñas crónicas chismosas, intercambios de maledicencias, invitaciones y buenos deseos: escombros de fingimientos sociales, sobre todo.

En toda la carpeta no había nada personal. Ni una mínima coquetería, ni rastro de un beso traicionado en aquellas letras. Ni tampoco en las fotografías. Sólo parientes y alguna amiga. Nada más.
La tía Laura parecía no haber tenido más vida que la pública, más ocupación que sus clases de piano ni más entretenimiento que el café con pastas, la partida de cartas con otras solteronas como ella, y centenares de variaciones, permutaciones, combinaciones de todos los diseños posibles de tapetes de ganchillo.

Dispuesto ya a marcharme y apagar por última vez la luz de aquella casa, decidí elegir media docena de libros para que no todos pasaran a los estantes de la librerías de saldo.
Cogí una vieja edición de la Iliada, otra de los Viajes de Gulliver, Madame Bovary, Rojo y Negro y la Regenta. En este último libro, un tomo importante encuadernado en piel, noté que algo abultaba, y lo abrí.

Era una rosa, una rosa blanca absolutamente seca, prensada hacía décadas. Era la primera nota de ternura que encontraba en aquella casa rancia y polvorienta. Con manos torpes trate de cogerla y se me cayó al suelo, deshaciendose completamente.

En la página que le había servido de sepulcro había varias líneas subrayadas a lápiz, junto a las palabras “demasiado tarde”, escritas al margen con la inconfundible caligrafía redonda de la tía Laura.

Este era el párrafo subrayado:

“Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro”

Cuando acabé de leer aquello me agaché con un suspiro a recoger los fragmentos de la rosa para devolverlos al libro, y comprobé que sus pétalos estaban atravesados por largas marcas, como si alguien hubiera clavado las uñas a la rosa antes de dejarla en el libro.

Unas frases subrayadas en un clásico y aquellas cicatrices en un flor olvidada me hicieron comprender que al fin y al cabo era probable que sí hubiese una historia. No había ya manera de saber la causa por la que la tía Laura había clavado su uñas en aquella carne blanca, pero el espectro de la rosa había vuelto de otro tiempo a ofrecer un crispado testimonio de su dolor.

Tarde y cuando no servía ya de nada.

Como todos los fantasmas.

 

Javier Pérez